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Santa Elena de Uairén: el pueblo que no conoce de escasez

Es de buen saber que Venezuela se encuentra en una de las peores crisis de nuestra historia, sin embargo y aunque parezca imposible, hay lugares remotos del país donde la escasez no afecta a los habitantes de ciertas regiones. Tal es el caso del extremo sur o mejor conocido como Santa Elena de Uairén, estado Bolívar, que se encuentra en la frontera con Brasil, en él sus comercios se encuentran repletos de productos, cajeros sin captahuellas y las compras se hacen libremente sin la presencia de militares y muchas veces sin cola. Entre tepuyes, minas con oro y diamantes, se vive una realidad distinta a la crisis que padecen millones de personas.

Santa Elena de Uairén: el pueblo que no conoce de escasez

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«No importa cuánto es, lo que quiero es que me pongas todo en el camión«. El hombre corre por el abasto. Con una bolsa de mercado llena de billetes apura a un joven chino para que le coloque pacas de arroz, pañales y pasta en la plataforma de un Tritón. Luego de la faena, el muchacho cuenta la montaña de dinero recibida con una máquina contadora, como la que hay en los bancos. El sujeto parte rápido con la mercancía hacia un lugar desconocido de la sabana.

Santa Elena de Uairén, la última ciudad del sureste venezolano de cara a Brasil, escapa en buena parte del socialismo salvaje. En el poblado donde confluyen mineros, contrabandistas de combustible, indígenas y citadinos que se instalaron ante la belleza de la Gran Sabana, se vive una realidad paralela a la del resto del país. Hay pan en las panaderías, cauchos en las caucheras. Abundan pañales de diferentes marcas y tamaños. Igual pasa con el champú, las toallas sanitarias, el papel tualé, el jabón de baño y de lavar; la harina de maíz, el café, la mayonesa, la salsa de tomate, el aceite de soya o el arroz.

Los comercios no cuentan con puntos de venta porque muchos obtienen 10% con la venta del dinero en efectivo en la frontera. La gran mayoría no emite facturas para el Seniat y utiliza contadoras de billetes para manejar la liquidez como el caudal de un río de Bolívar en época de invierno.

Todo a precio de “bachaqueo”

Las colas, los saqueos, los llamados “bachaqueros” y las compras por números de cédula son vistas por sus habitantes como postales de una catástrofe que está pasando “en la ciudad”. Pero la tranquilidad de vivir en una economía sin esquizofrenia se paga caro. En Santa Elena los precios de los productos cuestan lo mismo que impone cualquier revendedor del resto de Venezuela.

Muchos explican el porqué de los infartantes costos: servir como centro de acopio a los campamentos mineros, depender a los vaivenes de la economía de Brasil y estar en el país con la mayor inflación del planeta son algunas de las causas que colocan a los productos en lo más alto de un Tepuy.

Un kilo de arroz cuesta mil bolívares; uno de azúcar proveniente de Brasil 1.100 bolívares; una pastilla de jabón Protex cuesta 800 bolívares, aunque su “precio justo” marca 16 bolívares. Cuatro rollos de papel tualé están en 1.650 bolívares, mientras un paquete de 48 pañales de marcas Huggies o Pampers ronda los 7.400 bolívares

Casas de cambio humanas

Cuando uno se acerca a “La Línea”, como se conoce popularmente el punto fronterizo entre ambos países, se topa en la vía con los trocadores, quienes cambian los reales por los bolívares. Son como una especie de casa de cambio ambulantes que, por estos días, cambian 270 bolívares por real brasileño. Ellos se disputan a diario el dinero de los que traspasan la frontera. Se identifican por los koalas, los lentes, las gorras y las bolsas de dinero en efectivo para ser cambiados.

Pero sí hay colas

No todo lo que brilla es oro en la Gran Sabana. Las únicas colas que se observan en Santa Elena de Uairén son para comprar combustible. Filas de decenas de carros se agolpan diariamente en las dos únicas estaciones de servicio del pueblo para surtirse, en un proceso que puede tardar hasta ocho horas. Las colas se dividen entre los carros con placas venezolanas, que compran el litro de gasolina a precio del mercado local y las de automóviles con placas brasileñas, que la adquieren a cuatro reales el litro de combustible.

Pero las colas por combustible no son motivo de quejas entre los habitantes del pueblo del confín de Venezuela. Saben que son unos privilegiados, a pesar del auge de la inseguridad que dicen sentir en las calles. La distancia es un escudo que lo protege de las grandes ciudades.

Fuente: El Estímulo

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