Clavar el corazón al muro de nuestro tiempo – Gustavo Tovar Arroyo

Publicado el 30 octubre, 2017
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En esta edición el reconocido escritor, abogado y activista de los Derechos Humanos Gustavo Tovar Arroyo, explica sobre la traición de los adecos, abrazarnos como venezolanos para recuperar el aliento, para pronunciar la palabra más hermosa en poesía, rebelión.

Gustavo Tovar Arroyo

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Volver a la palabra silencio

Uno vuelve con vergüenza a la poesía después de un largo silencio. Escribo silencio y me detengo, no fue un silencio, ha sido una temporada de proclamas, gritos y también de estrangulamientos.
Estoy ronco. Mi afonía me dificulta, por ejemplo, la pronunciación de la palabra brisa; no llego a ella. Brisa suena a llama, quema; y uno no puede con tanta hoguera. No lo niego, quisiera escribir que la ternura existe, que el Nilo me sobrecogió hasta las lágrimas cuando navegué su exuberante ribera (imaginé la desnudez de Cleopatra adulada en aquellas aguas) o que la última ocasión que vi un Rothko aplaudí –pese a la ira de los testigos– su colorido silencio. Vuelve la palabra silencio y se me escurre entre las manos. No puedo recogerla para beber de ella. Si la escribo se rompe en letras, se niega. No puedo ofrecerla.
Venezuela, su realidad política, nos abofetea y despierta. Nadie calla.

La traición de los adecos

No sé quién leerá esto. En este punto presiento que la mitad de los lectores se han ido a buscar alguna indignación o rabia en otro espacio. Los imagino hurgando entre títulos encendidos algunas hogueras que le den calor y luz a los tenebrosos fríos que paralizan su ánimo.
Así estamos todos, a tientas buscando calor y luz en las heladas tinieblas de Venezuela.
Yo quisiera juntar mis manos para represar en ellas algo de silencio y ofrecerlo para que los venezolanos podamos –juntos– beber de él. El aturdimiento asfixia. La traición de los adecos nos ha dejado sordos.
Siento escalofrío. No cabe en mi garganta un grito más.

Clavar el corazón al muro de nuestro tiempo

Soy de los que clava –a martillazos– su corazón en cada entrega para que se reconozca su acelerado latido y también –¿por qué no?– su desangre. A veces le atravieso una estaca y lo alzo como bandera o estandarte entre la muchedumbre para que advirtamos, como pueblo, que estamos vivos. ¿Lo estamos?
Sospecho que la ineptitud para sostener en nuestras manos algo de silencio para ofrecérnoslo unos a otros deriva de la cantidad de martillazos que le hemos dado a nuestro corazón para clavarlo en los muros de nuestro tiempo. Son tantos los episodios, tantas las bofetadas, tantos los sobresaltos.
El corazón venezolano está herido y si lo tocas estalla en protestas y lamentos.
Toca el tuyo, compruébalo.

Abracémonos momentáneamente

Esta entrega es un descanso, reconozcamos que estamos roncos, descansemos la garganta. Tomemos aliento, confirmemos nuestra fatiga, abracémonos momentáneamente –en la oscuridad y el frío– frente a un fuego que no sea hoguera, sino fogata. En esta ocasión no lapidemos ni calcinemos herejes. Dispersemos los temas un instante. Soseguemos el corazón, no lo clavemos, no mostremos nuestro desangre como bandera ni estandarte. No hace falta, entre tú y yo, venezolanos heridos, no hace falta.
En las fogatas uno canta, se besa, ve la luna, traza jeroglíficos con las estrellas; se recuesta, se desnuda, se teje a otro cuerpo y se mece mansamente en un goce creador. Frente a la lumbre de una fogata, a uno le da por ser Dios y juega a crear vida.
El pasión erótica nos asemeja a Dios y entre jadeos y murmullos nos abraza al silencio.

Deletrear la palabra rebelión

Y abrazados, hundidos el uno en el otro, confinados al calor que nos procura la cercanía, a la luz íntima que se enciende –como esperanza– entre nosotros mientras nuestras miradas se anudan, en el sigilo de la madrugada, cuando las hienas y los mastines del chavismo roncan, cuando los traidores se regodean bochornosamente en sus pirámides de humillación y escombro, tú y yo nos deletreamos al oído la palabra más vibrantemente poética que puede pronunciar un pueblo frente a una tiranía: rebelión.
Y clavarla, como estandarte, en el corazón de nuestro tiempo.

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